a Guido GuidiYa falta poco para
que la palta, que crece
al resguardo de cuatro
muros manchados, pase
la línea de la soga
que cruza de este a oeste
el patio. No es que sea
algo cuidado el pobre
rectángulo que tras
la casa está ubicado
pero tiene ese pasto
que no hay delante, frente
a la calle, en que mandan
la rosa china y el
mandarino. La palta,
que aún no dio fruto, verde
como el pasto, se agita
en la mañana joven
y la veo a través
de una ventana abierta
al invierno. Soleada,
la mañana me incita
a escribir y escribir,
como si nunca hubiera
pretendido tal cosa.
No pretensión: sinuoso
desenvolverse de
versos que a nada obligan,
patio de mi quietud.

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