¡PABLO...!
Se te había dormido
el brazo y me llamaste,
angustiada: mi nombre
llegó desde la pieza
como un desgarro, y yo,
que leía en la sala,
pensé por un segundo
que esa frase (mi nombre)
te venía a los labios
también desde las dunas
del sueño. "Soy realmente
querido...". Te atendí,
te consolé (caricias
y frasecitas), casi
emocionado; luego,
cuando estuviste bien,
volví a las fotocopias.
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